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EPISODIOS
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J3e viaje en ferrocarril á Tacuaremt>ó, cuya
vía pasa bordeando una parte del arroyo Car-
doso hasta su nacimiento; al regreso, exta-
siado en la contemplación de su hermoso valle
con sus campos verdes de nacientes grami-
llales y principios de arborización natural que
se ensancha en el curso del arroyo hacia su
desagüe en el Río Negro, se presentó á mi
imaginación el recuerdo de un combate san-
griento que tuvo lugar en aquel mismo paraje,
en los comienzos del año 1871 ; entre fuerzas
comandadas por el general Nicasio Borges y
las del jefe revolucionario Inocencio Benítez,
en las que me encontraba revistiendo el cargo
de secretario de este último.
745103
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6 ORLANDO RIBBRO
• ■ • <■
#
I
Después de la batalla quS se denominó « Del
Sauce », ocurrida sobre la margen del arroyo
de este nombre, á poca distancia de la Capital,
entre el ejército del Gobierno á las órdenes
del general Gregorio Suárez y el que coman-
daba el jefe revolucionario general Timoteo
Aparicio, combate que no fué decisivo, porque
quedaron aniquilados los ejércitos beligeran-
tes; las fuerzas revoluoionarias se retiraron del
campo de batalla lentamente, con todo su par-
que y bagajes, aunque con algunos cañones de
menos, perdidos á causa de haberlos empla-
zado demasiado ceiica de la línea de batalla y
dominar la posición los fuegos de la infantería
contraria, paatando con ellos las muías de los
respectivos tiros, quedandS los artilleros que
los servían imposibilitados de poderlos mover,
con mayor motivo, por encontrarse en un te-
rreno arado, donde las ruedas de las piezas
se hundían á cada paso.
El ejército revolucionario se dirigió al de-
AZARES 7
partamento de Cerro íiargo, con él propósito
de rehacerse. En el trayecto, estando acam-
• pado en la margen izquierda del río Yí, «1 ge-
neral en jefe resolvió desprender una pequeña
fuerza de caballería ó infantería (300 hombres
próximamente, ) al mando del general Inocen-
cio Benítez, para que dirigiÓBfdose al Norte del
Río Negro tratase de formar un cuerpo de
ejército en los departamentos de Paysandú,
Tacuarembó y Salto.
Con la ordei^^de marcha á la mencionada di-
visión, se me mandó pasase al campo del ge-
neral Benítez, para incorporarme á ella en
carácter de secretario del jefe expedicionario,
dándoseme las siguientes instrucciones reser-
vadas, para que las pusiese en vigencia cuando
llegase el caso oportuno.
Evitar por todos los medios que estuviesen
á mi alcance el derramamiento de sangre de^
prisioneros.
Tratar de inculcar reflexiva y amistosa-
mente, en conversaciones con el jefe superior
y demás jefes subalternos, que las fuerzas ex-
pedicionarias se comportasen con la mayor co-
rrección posible con los habitantes de la cam-
paña, respetando á todos, fuera'n de las opinio-
nes políticas que fuesen, sin cometer ninguna
clase de atropellcfl?^.
Que por ios pwajes donde chuzase la divi-
sión, se #obrara la Contribución Directa en
campaña, pues que estando ésta en poder de
8 ORLANDO RIBERO
los revolucionarios, fuef on retiradas las auto-
ridades xiependientes del gobierno, y recon-
centradas en las ciudades de Montevideo, Pay-
sandú y Salto, por consecuencia abandonada
aquella á su voluntad.
Que una vez puesta en ejecución la percep-
ción del impuesto; me encargase personalmente
de su recaudación, invirtiendo su producido
en la compra de ropas, monturas y demás ob-
jetos necesarios á la división que pudiera en-
contrar, y el sobrante lo emplease en el pago
de la carne de los animales que el ejército con-
sumiese; á fin de que los vecindarios que se
encontrasen en la trayectoria de las fuerzas
revolucionarias, no tuviesen motivo de queja
ni fuera un elemento contrario al propósito
que buscaba aquella agrupación de ciudada-
nos armados.
II
Ese mismo día la mencionada fuerza levantó
su campamento y se puso* en marcha con
rumbo á San Gregorio, puebMto situado sobre
la margen derecha del Río Negro y pertene-
ciente al departamento de Tacuarembó.
AZARES 9
«
Así que la división vadeó el río Yí, el jefe
de ella, general Benítez, desprendió una fuerza
como de 100 hombres al mando del coronel'
Federico Aberastury y comandante Enrique
Olivera, con orden de dirigirse al departa-
mento de Paysandú, para poner en práctica el
plan de organización del nuevo cuerpo de
ejército a¡t Norte del Río Negro, debiendo es-
tos jefes efectuar reuniones de partidarios en
la zona del Uruguay, comprendida desde Fray
Bentos á Pay-sandúj dándoles por punto de
reunión el paso de los Mellizos en el Queguay,
que era el lugar fijado de antemano por el ge-
neral Benítez para establecer el campamento
general.
Se desprendieron ese mismo día varias otras
comisiones á los departamentos del Salto y
Tacuarembó, con el mismp objeto, de invitar
á los caudillos que habían quedado en esos
parajes, á que procedieran á la reunión de par-
tidarios, llevando los núcleos que pudieran
formar al punto indicado en el Queguay.
Una de estas comisiones fué dirigida expre-
samente al comandante Juan M. Puentes, que
se encontraba en el pueblo dé San Fructuoso.
En las comunicaciones á él dirigidas, se le or-
denaba concurriese al pueblo de San Gregorio,
á objeto de conferenciar con él para cojnbinar
la forma más práctica al plan de operaciones
que se iba á implantar.
Tomadas estas medidas militares, y después
10 ORLANDO BIBERO
* **"
* •
de desprendidas todas las comisiones aludidas,
el resto de estas fuerzas revolucionarias, que
^alcanzarían á unos 190 hombres, entre ellos
unos 40 de infantería, se puso en marcha hacia
San Gregorio.
III
En una de las cargas y entreveros que tu-
vieron lugar en la batalla del Sauce, una parte
de las fuerzas revolucionarias se posesionó de
la indumentaria de^ ejército del general Suá-
rez. Entre los vehículos que tomaron, había
un hermoso lando perteneciente á los médicos
de^ ejército.
En los últimos fuegos del combate de esa
tarde^ una bala de cañón hirió al hijo mayor
del general Benítez, sargento mayor Juan Be-
nítez, rozándole el vientre y llevándole varios
dedos de ambas manos; de cuyo hecho recién
esa noche, después de acampar el ejército xe-
voluci^nario, tuvo conocimiento el padre, quien
acto continuo T>uscó el medio de conducirlo en
las mejores condiciones de vialidad que le fue-
ra posible, é informado del carruaje domado
ÁZARBS 11
al enemigo, se empeñó para que se lo cedieran
á objeto de transporlar en él á su hijo ]^rido.
Este carruaje fué, días después, la causa
originaria del desastre sufrido en las puntas
del ékrojo Cardóse.
Sigaíhos eLrelatoj»
IV
Después de algunos días de marchas lentas,
llegó la pequeña división al citado pueblo de
San Gregorio.
Allí se encontraba el comandante Puentes
esperándola. Habi^ venido acompañándolo una
pequeña partida de 6 á 7 hombres.
Combinado que fué el plan de operaciones
á seguirse con referencia á las fuerzas que
tenía reunidasí^y estacionadas en el puel^lo de
San Fructuoso, el comandante Puentes partió,
al día siguiente de nuestra llegada, dirigién-
dose al lugar de su caiilpwnento.
Con este jefe mantenía relaciones amistosas
detíde la época áe mi residencia en Tacua-,
rembó, donde ejercía el cargo de gerente de
una sucursal del Banco Italiano.
Estuvo asilado en nii casa, debido á perse-
12 ORLANDO RIBBRO
cuciones que ejercían sobre su persona algu-
nos Iludidos encausados en épocas del go«
bierno de Berro, quienes atribuían á él la causa
de sus condenas, porque era actuario del Juz-
gado que los procesara. Habiendo pedido ga-
rantías personales al jefe político «n esa época,
. sargento mayor Cipriano Herrera, éste le ma-
nifestó que no podía cuidarlo, pe^o que como
medio de seguridad personal se asilase en el
Banco Italiano. Poco tiempo después fuimos
á dar, asilante y asilado, al cuartel de policía,
presos, sin más razón que la de no querer con-
currir personalmente al servicio de la Guardia
Nacional, sino por juedio de personei*os, que
. nadie nos podía prohibir, y sobre todo á mí,
por ser custodio único de intereses extran-
jeros.
Este amigo, momentos antes de su partida,
me dejó tm caballo adecuada para las marchas,
por ser de alzada muy pequeña, casi un pe-
tizo, y de un andar sumamenl e cómodo ; obse-
quio que acepté complacido y uno de los me-
jores regalos que podía hacertíie, porque con
las fatigas de tan largas correrías, los caballos
que teníamos estaban en malas condiciones de
gordura y resistenciSt,
AZARES 13
Al día siguiente de la partida' de Puentes,
emprendimos marcha costeando la margen de-
recha del Rio Negro, con rumbo á la cuchilla
de Peralta. . ^
El terreno en esos parajes es bastante acci-
dentado, y poderosos son los contrafuertes y
caídas de la^ cuchillas á los valles de la mar-
gen del río.
La marcha se hacía dificultosa para la con-
ducción d^l carruaje donde iba herido el hijo
del general Benítez y un cupé, que lo ocupaba
el señor Julio Gasser, ingeniero ó agrimensor
voluntario, que nos acompañaba con el propó-
sito de organizar, según, él, una sección de
artillería en el cuerpo de ejército en proyecto,
en la creencia, dando mérito á conversaciones
con el general Benítez, de que cuando nos
aproximásemos á las costas del Alto Uruguay,
el general López Jordán, jefe de la revolución
entrerriana en aquella época, nos facilitaría
los cañones necesarios para formar nuestro
plantel de artillería.
. 14 ORLANDO RIBERO
Después de dos ó tres dia»de marcha, muy
avanzada la tarde, divisamos una pequeña
fuerza que cruzaba á bastante distancia, con
rumbo al Norte. *•
Benítez desprendió una partida de explora-
dores para que fuese en su reconocimiento^
Hicimos alto esperando el resultado?
A poco rato de espera, regresó el oficial de
la partida; dijo que la gente que Cruzaba era
del coronel 'Salvañach, quien le había mani{^s-
tado que iba al departamento de Tacuarembó
á reunir gente para formar la división de Ta-
cuarembó. ^ • •
Benítez mandó entonces á uno de sus ayu-
dantes, con la misión de transmitir al coronel
Salvañach la orden de que se incorporase á
sus fuerzas. Éste á su vez, comisionó á uno de
los oficiales que lo seguían, Ignacio Balleste-
ros, con la misión de manifestarl^á Benítez
que iba á formar campamento en el paso de
Las Piedras del áfroyo Malo para incorporar
á su gente los dispersos que se dirigieran por
aquel paso á sus hogares.
Benítez volvió nuevamente á intimarle su
incorporación, pero Salvañach desestimó la
orden y acto continuo se alejó siguiendo el
rumbo que llevaba. •
Emulaciones de mando y preponderancias
entre hombres de no querer unos sujetarse á
la voluntad de otros, siempre dan como resul-
tado el fracaso, ó cuando menos la pérdida de
AZARES 15
la* ocasión oportuna para poder conseguir el
objeto que se proponen. •»
El (wronel Salvañach con un carácter aspi-
rante, pero muy poco apto para estas guerras
de cuchillas, no pesó ni le importó las conse-
cuencias que pudiera tener un fracaso sufrido
por sus compañeros de armas; y en este caso,
parece que á sabiendas consintió que Benítez ^
y el núcleo de fuerzas que comandaba, fuesen
á estrellarse, inadvertidamente, contra un
cuerpo de ejército, que el geneiul Suárez había
desprendido del suyo para impedir los propó-
sitos del general Aparicio/
El coronel Salvañach había pasado al Norte
del Río Negro por el Paso de los Toros, diri-
giéndose á la estancia del señor Carlos Rey les,
en la que se encontraba su dueño. Estando allí,
donde se demoró más de un día, el señor Rey-
Íes le dijo que había recibido una carta del
general Borges en la que le anunciaba su pró-
xima llegada á ese destino, al mando de una
fuerte división.
En virtud de ese aviso, Salvañach levantó
su campo acto continuo y fué en la tarde de ese
día que se cruzó con nuestras fuerzas en mar-
cha hacia el mismo rumbo que él dejaba, pues
que nuestra dirección coincidía con la estancia
del señor Reyles.
Ni la más mínima insinuación, ni ningún
oportuno aviso quiso transmitir el 'coronel
Salvañach á Benítez que le previ»iera del pe-
16 ORLANDO RIBERO*
1
lígro á que se exponía siguiendo en su mar-
cha e\ rumbo que llevaba.
Ignorando lo que acontecía, continuó la pe-
queña fuerza su ruta, acampando esa noche en
la primer vertiente que encontró á su paso y
poniéndose de nuevo en movimiento con la
aurora del siguiente día.
Desprendiéronse algunas partidas explora-
doras, con orden de alejarse en descubierta.
Poco tiempo después de habernos puesto en
marcha vino un parte anunciando que en di-
rección á la estancia de Reyles se veían algu-
nas partidas de fuerzas desconocidas. Enton-
ces Benítez dio la orden de que fueran en su
descubierta hasta tirotearlas, para saber el
número más ó menos á que ascendían. •
Momentos después vino otro parte diciendo
que las partidas descubiertas eran varias y
que se mandaran refuerzos de tiradores. Se
enviaron los refuerzos, insistiendo en que se
tratara de descubrir el núcleo de las fuerzas
enemigas. Mientras tanto el grueso de las nues-
tras seguía su marcha en la misma dirección.
Benítez, pobre paisano, sin nociones de la
estrategia genuina en nuestros gauchos para
estas guerras de sorpresa, llamadas en aque-
lla época, de recursos ; se le había puesto entre
ceja y ceja, que la gente armada descubierta
debía ser un escuadrón que al mando del co-
ronel Fidelis merodeaba por la frontera del
Brasil, y que él, Benítez, contaba con suficien-
tes fuerzas para, batirlo.
AZARES 17
w
Yo le objetó, que por la dirección que traían
la? fuerzas enemigas, era de suponerse fuera
alguna división desprendi(^a del ejército* del
general Suárez, que habría vadeado el Río
Negro por el Paso de los Toros, para impedir
las reuniones que pudiéramos hacer al Norte
del B,ío Negro, y si eran efectivamente de esa
procedencia, serían mucho mayores que las
nuestras y por consecuencia nos exponíamos
á ser deshechos. Que convendría nos retirára-
^0» á tiempo para no ser batidos.
— No, — contestó; ha de ser Fidelis y lo voy
á hacer pedazos. De^ués, en estos pedregales
no podemos atrepellar con el coche marchandp
al trote. Yo quiero llevarlo sin que se estro-
pea mucho ; es para mis hijas.
¡Infeliz! Las hijas residían en el Salto, y
aup cuando hubiera conseguido llevar el ca-
rruaje hasta aquel destino, lo natural hubiera
filido reflexionar que si tal cosa se cumpliera,
xany poco tiempo duraría el mencionado coche
ep poder de aquellas paisanas, porque, reco-
pocida su procedencia, en el acto se lo qui-
tarían.
Jíientros tanto, llegábamos á las puntas del
arroyo Cardóse, siendo más ó menos las 8 de
Jp. mañana. Allí se hizo alto, esperando el re-
sultado de los partes que nos trajeran nues-
tras descubiertas.
AZARES.
18 ORLANDO RIBERO
VI
EL DESASTRE
Estando en esta inacción, ansiosos por sa-
ber á qué atenernos, Benítez, á quien yo acom-
pañaba, se acercó al carruaje del señor Gasser
y al preguntarle éste si tendríamos algún en-
cuentro serio ó si continuaríamos la. marcha,
aquél volvió á repetir:
— La gente que se ha visto ha de ser la del
portugués Fidelis, ó algunas otras partidas
sueltas, y los voy á hacer pedazos con mis in-
fantes. , *
— No es bueno confiarse naucho, general! —
* le objeté yo ; nuestra gente no se encuentra en
estaco de pelear con fuerzas mayores, y aun
tenemos tiempo de ponernos en salvo.
— No tenga miedo, me contestó ; los vamos
á pelear si se nos vienen.
En seguida se dirigió adonde estaban los
^ infantes, los que habían echado pie á tierra
allí cerca, al costado de un montecito.
Yo, siempre montado, me quedé al lado d.él
AZARBS 19
caiTuaje del señor Gasser ; entonces éste sacó
de uno de los cajones del vehículo, pan, sal-
chichón y una botella de vino, invitándome á
participar de su provisión. Acepté. En aquellas
malandanzas no -podía desechar tal ofreci-
miento. Estómago satisfecho da coraje al es-
píritu.
Entre las pocas palabras que en seguida
cambiamos le dije:
— ¿ Por qué no monta á caballo ?
— No, me contestó; porque mis caballos son
buenos y el carruaje es liviano.
En efecto, estaban prendidos á la victoria
una buena pareja de tordillos. El cochero se
encontraba en aquel momento en el pescante,
pronto para arrancar, cuando noté movimiento
en nuestra fuerza. Me dirigí en seguida donde
se hallaba Benítez.
Nuestras partidas exploradoras se recon-
centraban á nuestro campo, haciendo fuego en
retirada, perseguidos por un número mucho
mavor de fuerzas contrarias.
^ Entonces Benítez ordenó : avanzase nuestra
infantería, una parte en guerrilla y la otra de
reserva. Efectuada esta operación se esperó
la llegada de nuestras avanzadas.
Lasuf uerzas que las perseguían venían apro-
ximadas al monte de la margen izquierda del
arroyo. Cuando estuvieron éstas á unas diez
cuadras, echaron pie á tierra.- Era medio bata-"
11 ón de infantería montada. • , •
20 ORLANDO RIBERO
Rápidamente avanzó una parte, tendidos en
guerrilla.
Los nuestros, que precaucionalmente esta-
ban echados en tierra, empezaron á hacer
fuego, pero los contrarios avanzaban siempre.
Simultáneamente otras fuerzas de caballoría
también enemiga, habían avanzado por la dere-
cha á nuestra retaguardia, contra las que se
tendieron en guerrilla las partidas de caballa
ría que habían vuelto á nuestro campo, y la
escolta de Benítez, mandada por su hijo Ino-
cencio, separándolas unas de otras una cañada,
ramificación del mismo arroyo Cardoso.
Empezó el tiroteo y conatos de entrevero,
en uno de los cuales, con coraje digno de me-
jor empleo, Benítez (hijo) infirió una herida
de lanza á uno de sus contrarios.
A poca distancia y á retaguardia de la in-
fantería se encontraba el general Benítez,
observando el orden de la pelea. Como éste ha-
bía mandado á lodos sus ayudantes con órde-
nes á distintos puntos, sólo yo me encontraba
en su compañía.
Su semblante revelaba un estado de excita-
ción extraordinaria, al darse cuenta, sin duda,
del error que había cometido por falta de tino,
viendo que el desastre se producía á«.pasos
acelerados entre las fuerzas que comandaba
Se dirigió á mí, diciéndome: — Quédese aquí
con la infantería, yo voy donde está la gente
de mi escolta; me parece está por disparar.
■
AZARBS 21
Y tomó el galope hacia el lado de las guerri-
llas de caballería.
No pude saber si llegó hasta ellas ; no tuve
tiempo para preocuparme de sus nuevas dis-
posiciones bélicas.
Vi que niiestro pequeño núcleo de infante-
ría, haciendo fuego en retirada, se dirigía á
donde estaban sus caballos; entonces avancé
hacia aquéllos para arrearlos á su encuentro.
La mayoría estaban maneados : á rebenque
y saltos pude conseguir acercar algunos.
Como las fuerzas contrarias se aproximgiban
con rapidez, trató á mi Vez de poner mi bulto
en salvo.
Cuando di vuelta no vi á nadie á mi reta-
guardia; pasé por el lugar donde momentos
antes estaba la victoria del señor Gasser: allí
había quedado una lanza clavada en la tierra;
á mi paso, instintivamente la tomó, más por
no dejar un arma al enemigo, que. como de-
fensa personal, por creerla casi inútil en mis
manos. Sin embargo, aquella lanza fué, puede
decirse, la que me salvó la vida momentos
después.
Vadeado que hube el arroyo Cardoso, algo
pantanoso en el punto de mi pasaje, vi á al-
guna distancia al general Benítez, que se di-
rigía arroyo abajo por la margen derecha, á
gran galope ; iba diciendo en voz alta : — j Com-
pañeros, no me abandonen I
A poco andar, se alejó. No lo vi más.
22 ORLANDO RIBBRO
VII
• *
Yo iba montado en el caballito para mar-
cha^ que me había regalado Puentes. Por no
creer que Benítez expusiera sus fuerzas en un
encuentro que sería siempre fatal por las con-
diciones en que nos encontrábamos, y también
por falta de previsión, no había cambiado el
caballo por otro que al parecer ofreciese mayt)r
resistencia; así es que lo primero que pensó en .
aquel trance difícil fué en no apurar mi cabal-
gadura entre aquellos pedregales, y sobre todo,
evitar una rodada, que sería hii perdición.
Emprendí la fuga á galope corto, en la mis-
ina- dirección que llevaban los que me antece-
dían. Tomé una senda de las que había en
aquel campo sembrado de piedras sueltas, solo,
á donde mi buena ó mala suerte me condujera.
Más atrás venían cuatro individuos en la
misma dirección; supuse fueran algunos de los
tanlos compañeros en derrcta*, y en esa con-
fianza no me prepcupó de evitar su acerca-
miento apurando un poco más mr caballo.
AZARES 23
«r*^
Cuando los tuve á corta distancia, uno de ellos,
que venia ai;mado de carabina, me hizo un dis-
paro ; entonces me di cuenta que los tales su-
jetos pertenecían á las fuerzas que nos habían
batido y dispersado. Los tres restantes esta-
ban armados de lanza.
En el primer momento me creí perdido por-
*quQ la distancia que nos Separaba se había
acortado á tal extremo, que no mediaban sino
varas. Pero el terreno pedregoso que transitá-
bamos, subiendo una cuesta algo pendiente,
me favoreció. Sólo se podía andar á galope
por las sendas, y éstas estaban separadas si-
guiendo las ondulaciones del terreno; por cuya
causa no podían acercárseme hasta el contacto
si no tomaban la misma senda que yo seguía.
Esto reanimó mi espíritu pitra sacar fuerzas
de flaqueza^ ocurriéndoseme como medida des-
esperada, empezar á insultarlas, desafiándolos
con la lanza que inconscientemente había to-
mado en el campo de la acción.
Como paj;a batirme no podían acercárseme
en aquel momento sino áe á uno, me imagino
' se creyeron era yo uno de esos terribles lan-
ceros, que hacían proezas en los entreveros,
según los cuentos y comentarios de fogón, en
los campamentos; pues observé que mis insul-
, tos habían contenido sus ímpetus, de lo que
me prevalí aminorando la marcha de «ai ca-
ballo, gritándoles con simulada furia insultos
y desafíos. *
24 ORLANDO RIBBRO
•
Asi continuamos unas dos ó tres cuadras,
en cuyo intervalo de tiempo, el de la carabina
me hÍEO otro disparo perdido, hasta que al
llegar á la cumbre de la cerrillada, vi cruzar
á corta distancia y para mi salvación, á uu
compañero y amigo, Lisardo Sierra, quien,
reconociéndome en el acto, aminoró el paso
de su caballo para que me reuniera á él.
Mientras tanto, mis perseguidores habian.
quedado á poca distancia atrás, los que, vién-
dome reunido á otro armado también de lanza,
se contuvieron algo más, pero siempre siguién-
donos.
Poco más adelante, subía también la cuesta
otro compañero, Cipriano Somería, armado de
fusil. Este pertenecía á los pobres infantes
que habían quedado abandonados; tuvo la
suerte de poder tomar un caballe para salir
del atolladero donde les había dejado e} jefe
de nuestras fuerzas.
Reunidos los tres, hicimos alto. Somería bajo
del caballo éh izóles un disparooon su fusil. Fué
lo suficiente para espantar á los que nos seguían,
continuando así más tranquilos nuestra fuga.
Si persisten, es muy posible no hubiéramos
salida bien parados, porque Semería había per-
dido la baqueta de su fusil y por consiguiente
se encontraba desarmado; quedábamos dos con .
lanza y por mi parte no confiaba en mi des-
treza para emplear mi arma cuyo manejo no
conocía.
AZARBS 25
En nuestra ruta encontramos á otro fugitivo,
^ un viejo paisano, el comandante Gutiérrez, de
^ Paysandú. ^
A nuestro paso, le dijo Sierra: — Apure su ca-
ballo, comandante. Éste contesto : — Voy herido.
Efectivamente, tenía una herida de bala en
la caja del cuerpo, á la altura de los riñones.
Paramos: entre Sierra y yo lo fajamos con
un poncho de verano del mismo herido y con-
tinuamos á paso más lento, escoltándolo.
Más adelante nos reunimos á vario» otros
dispersos que iban capitaneados por el coman-
dante Juca Vargas. Entre ellos se encontraba
Juan Benítez, quien había tomado el caballo
de su asistente y trató de ponerse en salvo
abandonando el dichoso coche, una de las cau-
sas que contribuyeron al desastre; iba con sus
dos manos mutiladas vendadas, dirigiendo sin
grandes molestias su caballo.
^ Como el rumbo que llevábamos era costean-
do el mismo arroyo Cardoso, se le ocurrió á
Vargas para despistar la persecución, vadearlo
y seguir por su margen izquierda. En el punto
por que pasamos, uno y otro lado próximos á
la costa son campos altos y no podíamos des-
cubrir lo que pasaba en aquel costado.
Cumo medida de precaución, se me ocurrió
1 decir á Vargas: — Mande un hombre subir á
aquella altura para descubrir el campo antes
de continuar nuestra marcha; mientras tanto,
quedémonos aquí en la costa del monte.
96 «. OilLAJIDO miUBBO
Be kiao lo ^OB iidiailwi, quedando nosotros
en observación del que subía la cuesta. No
había llegadc^ del todo á la altqra, cuando vi-
mos al emisario que daba vuelta apresurada-
mente, diciéndonos todo azorado y apuntando
con la mano á la altura: — Allí cerquita hay
un campamento grande!
Más que de prisa repasamos el Cardóse,
alejándonos de él, campo afuera, en dirección
á las puntas del arroyo Salsipuedes. El cam-
pamento era el formado por el grueso de las
fuerzas del general Borges ; tuvimos la suerte ^
de que no se apercibieran en él de nuestro
errpr ó nos lomaran si nos vieron poralgijna
partida de su misma gente.
En la marcha se nos reunieron algunos otros
compañeros, formando un grupo como de trein-
ta hombres. *
Descubrimos á la distancTía algunas partidas
del ejército contrario; unos arreando tropillas . ^
de caballos que se encontraban en el campo,
y otros*cambiándolos en los corrales de una
estancia.
Como nuestro grupo marchaba al trote con-
templando sus cabalgaduras para no cansarlas, ^
aquellas partidas que á su vez debieron ha-
• bernos visto, sin duda nos confundirían con
fuerzas de su mismo ejército, porque nf nos J
demostraron hostilidad ni mandaron emisarios
á cerciorarse de quiénes éramos.
Más adelante, en una estancia qu^e había á
AZARBS 27
^
nuestro paso , algoaos d» k»
biaron caballo. Yo no me animé a substituir
el mío, porque lo sentía con fuerzas y temí que
el que obtuviese en cambio no reunTese igua-
les condiciones en resistencia y cómodo paso.
Allí dejamos al comandante Gutiérrez, el
pobre herido; no podía continuar más, una ó
dos cuadras antes de llegar á las casas tuvi-
mos que bajarlo del caballo; agotada su vale-
rosa resistencia de espíritu, porque la materia
estaba exhausta, sus músculos se paralizaban
y no podía conservar la estabilidad sobre el
caballo. Luego supimos que había fallecido
dos ó tres días después á consecuencia de la
herida.
En la marcha nos internamos en el depar-
tamentíJde Paysandú, pero á la noche, después
de un breve diBScanso, contramarchamos con
rumbo, á Tacuarembó, no solamente para elu-
dir las persecuciones de las fuerzas contrarias,
sino también buscando la incorporación á las
del comandante Puentes que se encontraban en
aqueldestino. ^
^las 11 y media a. m. del siguiente día lle-
gamos á San Fructuoso.
Lo que menos se* imaginaban los que nos
veían era que fuésemos los restos de la divi-
sión del general Benítez, deshecha y dispersa
en las puntas d^l ai*royo Cardoso.
Enterado Puentes del fracaso sufrido, tomó
inmediatamente las providencias que el caso
28 ORLANDO RIBERO
indicaba para reunir, los dispersos que fue-
ran llegando y poner á salvo las fuerzas que
comandaba.
vin
Dirigíme 4 la casa de mi amigo y socio ( en
aquella época) el señor Pablo Valdez. Allí to-
mé algún alimenl o, del que mí estómago estaba
exhausto, pues que desde treinta horas at ras
no había ingerido nada.
Traté después de descansar algunas horas,
pero la nerviosidad que me produjo tan larga
y violenta marcha, me privó poder conciliar el
sueño. También había andado más de cuarenta
y ])ico de leguas en el espacio de cuarenta y dos
horas, sin bajarme puede decirse del caballo !
Este noble animal se mantuvo siempre fuer-
te, sin dar señales de cansancio. Se lo dejó al
señor Valdez, con la recomendación de que lo
cuidase, en mérito de haÜer sido mi montura
en un trance difícil y apurado.
Algunas horas después llegó también al pue-
blo el comandante Salvañach con la gente que
lo seguía; entre ellos estaban Servando Safons,
Pablo Jagas, Ballesteros y algunas otras per-
S AZARB8 29
^ : _
sonas conocidas; también venían algunos dis-
persos de la derrota de Oardoso, que Salvañacb
había incorporado á su gente en su marcha
desde el arroyo ^alo. Por ellos supe que al
salir del campo de la pelea había sido alcan-
zado el señor Gasser y ultimado, como tam-
bién Juan Pedro Ortega, de Tacuarembó, y
otros compañeros.
Reunido este grupo á las fuerzas que tenía
Puentes- en el pueblo, pasamos, á la puesta del
sol, el Tacuarembó Chico, marchando en se-
guida hacia el rincón del arroyo Tres Cruces.
Serían próximamente las 12 de la noche cuan-
do llegamos al campo donde nos dirigíamos
para pernoctar.
Cuando bajé del caballo, mi cuerpo no po-
día más resistir el cansancio; se doblaron mis
piernas y caí tendido sobre el 4)asto, quedán-
dome dormido en seguida.
Mi asistente Marcelino, un fiel y antiguo
sirviente paraguayo que había dejado en Ta-
cuarembó á mi partida, de aquel pueblo, se en-
ciirgó de acomodar mi caballo, hacerme cama
con los útiles de mi montura, desprenderme
la espada, sacarme las botas y acostarme, ta-
pándome después con el poncho. De nada me
di cuenta. Cuando desperté al día siguiente,
me pareció extraño en el prin er momento en-
contrarme tan bien acomodado en una cama
de campamento, pues que no recordaba ni de
cómo había llegado allí.
30 ORLANDO RIBERO
m
-•
Marcelino, quien ya había hecho fuego y
«c>laba mi persona^ me dijo :
— Patrón, usted no sintió nada cuando lo
acosté; estaba como muerto de dormido. Allí
está el fogón del comandante Puentes, quien
me encargó de decirle cuando se daapertase,
fuera á tomar mate con él.
JX
Entre la gente que acompañaba á Salvaüach
no faltó quien nes refiriese su estadía en la
estancia del señor Reyles y el aviso trasmi-
tido por este señor, de la aproximación á aquel
punto de las fuerzas del general Borges, por
cuya causa se habían alejado de allí precipi-
tadamente. * *
En conocimiento del suceso, le increpé á
Salvañach, á presencia de Puentes, su falta de
compañerismo, por no haber puesto en guar-
dia á Benítez, trasmitiéndole ]q que él sabía ;
dejándolo avanzar inconscientemente en la di-
rección que llevaba, para que fue a á estre-
llarse contra fuerzas muchísimo mayores, sa-
crificando inútilmente de esa manera á sus
propios compañeros de armas.
\
AZASBS 31
■ m ■ ■- A - V. — ~ .
Salvañach se disculpó diciéndome que él ha-
bía encargado á Ballesteros cuando lo mandó á
nuestro campo, previniese á Benítez, que Bor-
ges alomando de una fuerte división había pa-
sada el Río Negro ; que él no tenía la culpa de
que aquél no hubiera hecho caso de su aviso.
Disculpa que no era verídica, porque estaba
presente citando aquel oficial vino con la res-
puesta de Salvañach y no le oí nada que se re-
firiera á fuerzas contrarias próximas, que fue-
ran mandadas por Borges, ni por ningún otro
jefe.
Ballesteros había^sido empleado del Banco
Italiano bajo mi dirección, me tenía entonces
y después estimación y no podía creer que
se olvidase transmitir un parte tendente á
salvar de un seguro fracaso á sus correligio-
naricjp entre los que se encontraba uno de sus
compañeros de armas en la defensa de Pay-
sandú y después su superior y amigo.
Como el suceso aquel quedó entre lo^he-
chos desgraciados consumados, traté m¿s bien
de atenuarlo para conservar en lo posible el
espíritu de unidad que nog era tan necesaria
en aquellos momentos, para contrairestar los
elementos contrarios que suponíamos viniesen
en nuestra persecución»
* Felizmente para nosotros, no sucedió lo que
era de esperarse con relación á las*- fuerzas
mandadas por el general Borges. Este, después
de tomar prisioneros á los infantes de Benítez
32 ORLANDO RIBBRO
que no pudiendo tomar susxcaballo» y acosa-
dos por la persecución se internaron en el
monte del arroyo Cardóse, con la gloria de su
efímera victoria, emprendió marcha hacia la
ciudad de Paysandú; siendo así dueños de toda
la campaña, que recorrían entre los departa-
mentos de Tacuarembó, Salto y Paysandú, las
huestes revolucionarias.
LA REVANCHA
Puentes mandó emisarios sueltos, esos des-
cubridores que en el tecnicismo de nuestros
ejércitos revolucionarios, se les llama botnbe-
rosy para que le trajeran noticias de las fuer-
zas de Borges.
Estos volvieron al cabo de algunos días, con
el parte de que el mencionado ejército se di-
rigía á Paysandú, no habiendo desprendido de
su centro ninguna división con rumbo dis-
tinto.
Con estas noticias quedamos más tranquilos.
No teníamos más enemigos en todo el De-
partamento, que el comandante Fidelis ya men-
)
AZARES 33
■ II -^ . ■ _ I I
clonado y del cual carecíamos de noticias se-
guras, ignorando el paraje donde se encon-
traba.
Este jefe era dp un carácter muy vivo ; su
especialidad en estas guerras de correrías eran
las sorpresas; así es que teníamos que andar
con muchas precauciones para evitar que en
el momento menos pensado nos cayese encima
encontrándonos descuidados.
Puentes, que podía igualársele en viveza y
aun sobrepasarlo, — como más adelante se com-
probó, — preventivamente resolvió que nues-
tras marchas fuesen de noche, acampando de
.día entre los potreros que formaban los montes,
teniendo siempre un paso de arroyo inmediato
por donde escapar, pues que ignorábamos el
ftúmero de la gente que seguía á Fidelis.
Anduvimos varios días así, hasta que^una
mañajGia, cuya fecha no recuerdo, formamos
campamento sobre la margen derecha del
arroyo Cuñapirú, donde un vecino de las in-
mediaciones, amigo de Puentes, informó á éste
•
reservadamente, que Fidelis andaba por allí
cerca, puesto que el día antes habían llegado
á su casa algunos hombres de su gente.
Después que se fué el referido vecino. Puen-
tes dijo á Salvañach y á mí :
— Saben? Fidelis anda por aquellos montes
cercanos, señalando un paraje que se veía á la
distancia, — y agregó: — este portugués es muy
diablo; ya ha de saber dónde nos encontra*
AAZBES. 3.
84 ORLANDO RIBBRO
■ ■ I I ■ ■ ■! ■ I 1^ ■ ■ I ■■ 1 1 M ■ ■ . I ■ ■■■■■■ I I ■ ■■ I I I ■ I I 1 1 iM^^^^— ■ m
mes y por las dudas vamos á mudar de campo
á otro paraje^ quo nos resguarde mejor de sus
sorpresas.
Como á las 10 a. m. nos pusimos en marcha
por la costa del arroyo hasta media legua más
arriba, donde formaba un recodo ; allí acam-
pamos. * *
Día de verano, el sol estaba en la plenitud
de su fuerza y hacía mucho calor.
Después que la gente echó pie á tierra para
desensillar. Puentes me invitó pi,ra ir al
campo de Salvañach. Llegados allí, aquél dijo
á éste :
— Vamos á sestiar bajo la enramada de.
aquella casa (era un rancho situado sobre un
cerrito á dos ó tres cuadras distante del cam-
pamento). Mande una guardia al paso del
arrobo y eritargue á Safons que la gente esté
prevenida. He dado orden que la caballada de
reserva la pasen al otro lado y que no se des-
cuiden. Desde aquella ^.Itura, nosotros pode-
mos ver lo que pasa en uno y otro lado del
arroyo, y mientras unos sestean el otro queda
de vigía, en observación de lo que ocurra.
Llegados al rancho, se aflojaron las cinchas
á los caballos, sin desensillarlos. Salvañach y
yo pusimos los cojinillos en el suelo; «para-
Puentes trajeron un catre de lona.
— Quiero — nos dijo en seguida — duerman
ustedes; yo haré la primera guardia ; desde el
catre se ve mejor.
{
AZARES 35
Aún no nos habíamos entregado al sueño,
cuando Puentes se incorpora en su catre, di-
ciéndonos:
— Allá hay algo anormal; se ve polvareda
de gente ó caballada á la disparada; mire, dice
dirigiéndose á Salvañach. Y en seguida:
— Monte á caballo, vaya al campamento y
haga tocar á ensillar; refuerce con tiradores
de su gente la guardia del paso y mande un
ayudante al comandante Aranguren con orden
de que también refuerce la guardia del paso
de más arriba, ( otro paso del arroyo que tam-
bién estaba vigilado) y que vengan aqueles
que me sirven de ayudantes.
XI
I
Eidelis había eálado observando todos nues-
tros movimientos desde temprano, conforme
nos aproximamos al arroyo Cuñapirú. Tenía
su gente emboscada en un monte próximo, es-
perando como los felinos la ocasión de ppder
saltarnos encima.
Había designado la hora de la siesta, cuando
nuestra gente estuviese descuidada, resguar-
dátfdose, bajo los árboles, de losj^rdientes ra-
86 ORLANDO RIBERO
yes solares, para dar el golpe; pero la previ-
sión de Puentes, de cambiar de campo y hacer
vadear el arroyo las caballadas de reserva, lo
engañó. Creyó que habíamos establecido el
campamento del otro lado, ó las referencias de
sus bomberos lo harían caer en el error de
equivocar nuestra .ubicación.
Estos errores en las guerras de correrías y
Borpresas implicaba generalmente un fracaso,
como aconteció á Fidelis horas después.
El movimiento y polvareda en el campo, que
observamos desde la enramada del ranbho
donde estábamos, á poco se constató que era
un gran núcleo de gente montada, dividida en
escuadrones, quienes á todo andar de sus ca-
balgaduras, traían una formidable carga sobre
el vado del arroyo, envolviendo á su paso á la
gente que cuidaba nuestras caballadas.
Al llegar, se encontraron con que nuestro
campo estaba aírroyo por medio y con los dos
vados que había inmediatos, defendidos, que-
dando imposibilitados de poder avanzar un
paso más, interrumpiendo su carga aquel obs-
táculo.
Por otra parte, el arroyo estaba algo crecido,
en los dos vados el agua alcanzaba al costillar
de los caballos y era peligroso atravesarlo en
esa forma estando la margen opuesta defen-
dida.
Eidelis traía algunos infantes, los qué eran
brasileros, según lo constatamos después. Echa-
AZARES 37
ron pie á tierra, tendiéndose en guerrilla sobre
la barranca del arroyo, frente al vado donde
estaba -la gente *de Salvañach.
. Éste conservaba unas quince ó veinte cara-
binas Martín Henryt de retrocarga, de cin-
cuenta que había traído de Buenos Aires com-
pradas de su peculio particular W, *
Los hombres armados con ellas al mando de
Safans y* Yagas sostuvieron con ventaja los
fuegos de la infantería contraria, á tal extremo, *
que á poco rato no se animaban á levantar el
cuerpo de la posición que te^iían, tendidos en
la tierra.
, Fracasada la sorpresa y en la posición que
estábamos, había que tomar una i^solución
extrema antes que llegase la noche.
Con este propósito, fué Puentes al mismo
raiicho del cerrito y de aUí mandó llamar á
Salvañach, Aranguren, Camilo García y Juca
Vargas. Les expuso c[ue la situación en que
nos encontrábamos era sumamente delicada y -
peligrosa; que si esperábamos la noche para
retirarnos, la huida importaba una derrota,
porque nuestra gente, entre cuyo núcleo ha-
bía muchos de los dispersos en Cardoso, ame-
drentados por aquella derrota, abandonarían
(1) Era la primera vez que se hacia uso de las armas
perfeccionadas, en las luchas civiles del Rio de la Plata,
porque recién el año 1874 se usó el Remington en el com-
bate «La Verde» ocurrido en la provincia de Buenos
Aires.
38 OKLANDO RIBERO
las filas en la retirada suponiendo que éramos
inferiores en número y en elementos á las fuer-
zas de Fidelis, las que en relilidad eran muy
poco mayores que las nuestras. ^
Llevarles una carga vadeando el arroyo por
los mismos pasos defendidos, era también pe-
• ligroso; nos exponíamos á una derjróta. Pero,
en la disyuntiva de la huida ó la pelea, optaba
por lo último y que en esa virtud deseaba oir
la opinión de ellos en su carácter de jefes de
las fuerzas á sus órdenes.
Todo6 opinaron por la carga, aun cuando
fuese á la desesperada.
Besuelta aquélla, se designó á cada uno ^e
ellos el ju]^to por donde debían atacar.
Se determinó asimismo el sitio de reunión,
para el caso de salir mal en la tentativa. Des-
pués los jefes subalternos fueron á sus respec-
tivas filas para ordenar su gente y prevenirles
de la resolución tomada en el consejo de jefes;
recibiendo á la vez orden de avisar á Puentes
cuando estuvieran prontas y en orden de*carga.
Poco tardaron los partes en avisar de que
todo estaba pronto para la pelea.
Entonces Puentes dio la señal de ataque si-
multáneo por medio de toques de corneta. Al
mismo tiempo se dirigió á mí,*diciéndomé:
— Vaya, Ribero, y dígale á Aranguren que
atropello con coraje, que la demás gente lo
secunda por el otro paso que está más defen-
dido.
i
í
^ AZABfbS 39
f
Sin oir más salí á escape en dirección á la
gente de Aranguren, seguido po^mi asistente
Marcelino.
No tuve tiempo para decirle nada. Arangu- «
ren había ya formado su gente á unas dos ó
tres cuadras del paso én pequeños escuadro-
nes y venía al frente de ellos á galope hacia
el vado. Cuando llegué, su caballo entraba en
el agua y él haciendo molinetes con su lanza,
sin mirar atrá^ incitaba á su gente pat'a que
lo siguiese.
La gente contraria que defendía el vado era
en número reducido : se amedrentaron de la re-
suelta carga que se les llevaba, que sin duda
no esperaban. Hicieron una cortísima resis-
tencia, descargando sus armas sobre los que
cruzaban el arroyo; pero cuando éstos llegaron
á la orilla opuesta, emprendieron la fuga pre-
cipitadamente en dirección al grueso de sus
fuerzas, situadas frente -al otro paso. Aquéllos
viendo q.ie por su costado derecho venía parte
de su gente en derrota y que por el frente los
atacaban, se f)usieron también en precipitada
dispersión con direcció^ á otro vado del arroyo
situado media legua más abajo, cayendo á él
fugitivos y perseguidores en un entrevero y
pelea formidable de lanza y tiros.
Quedó después allí el ten.dal de desgracia-
dos, que rindieron su vida en esta lucha esté-
ril entre conciudadanos, sin otra razón que
. divergencias en nombre de colores polítifeos,
40 ORLANDO RIBERO
las que no significaban adelanto ni progreso
en nuestra civilización, sino para que sirvie-
sen sus mutilados y ensangrentados cuerpos
de pedestal á obscuras entidades que explota-
ron después á la patria de todos.
Nosotros tuvimos sensibles pérdidas, entre
ellas Aranguren muerto y Salvañach gravé-
mente herido.
XII
Cuando pasé el arroyo con el grupo man-
dado por Aranguren, vi del otro lado un hom-
bre caído sobre el veril de la barranca. Yo
seguí sin preocuparme de ello; pero á poco
andar detuve mi caballo: no era mi misión
continuar en aquella persecución á los que
huían y por otra parte se habí&n distanciado
demasiado.
Di vuelta hacia el punto donde habíamos
pasado, para identificar al que había visto
caído, porque suponía fuese de nuestra gente.
Con todo pesar reconocí al comandante Aran-
guren; había recibido una herida de bala en
la frente al subir la barranca.
Estaba aún con vida pero sin conocimiento:
AZARES 41
unos fuertes estertores de la garganta, como
quejidos, demostraban su sufrimiento.
Dos ó tres compañeros le rodeaban, entre
ellos mi asistente Marcelino, á quienes dije: —
Acérquenlp al arroyo y mójenle la cabeza y la
herida. — Después les indiqué buscasen el me-
dio de llevarlo á una casa que se encontraba
á corta distancia del otro lado del arroyo.
Así lo efectuaron más tarde en una anga-
rilla formada con ramas y allí espiró horas
después.
Aranguren era un hombre joven, alto, de
contextura fornida, blanco, con cabello y bar-
ba renegridos, un lindo paisano, á la vez que
ciudadano bueno y afable.
Si existe alguno de sus vastagos quedados
en la orfandad, desearía que este recuerdo á
su memoria, si llegase á su conocimiento, des-
pertase en su espíritu sentimientos de tem-
planza, olvidando los odios partidarios por los
que inhumanamente se ha regado con tanta
sangre de hermanos nuestras rientes cam-
piñas.
Con el propósito de satisfacer mi ingénita
curiosidad, dándome cuenta de lo que había
pasado en los otros sitios del combate, y por
obtener á la vez noticias de Puentes, me dirigí
nuevamente hacia aquellos lugares: á poco an-
dar lo distinguí á la distancia.
Al encontrarnos, y despuás de las felicita-
ciones que son comunes en estos casos, por «1
42 ORLANDO RIBERO
peligro que á todos abarca^ me manifestó que
, ^ienía con igual propósito al mío, saber dónde
me encontraba.
Puentes fué quien Me dio la noticia de que
Salvañach estaba herido, agregando: — Vaya á
verlo; lo he hecho llevar á aquella población,
— señalando una situada á alguna distancia
del otro lado del arroyo: continuando: — Pes-
^ pues que reúna toda nuestra gente y establezca
' el campamento á inmediaciones de la lyiisma
casa,*en seguida iré allí.
Sabia la muerte de Aranguren, pero igno-
raba las disposiciones que había tomado para
que lo condujeran á la población ya mencio-
' nada: se dirigió á ella: • continuando á mi vez
la dirección opuesta, encaminándome al lugar
don4e habían llevado á Salvañach.
En mi trayecto vadeó el arroyo por el paso
donde había tenido lugar dos horas antes el
entrevero y pelea cuerpo á tiuerpo; yacían allí
varios muertos, algunos aún dántro del agua.
Los vecinos se encargaron al siguiente día de
sepultarlos.
Varios de los dispersos, ya fuera porque sus
caballos estuvieren cansados ó porque no po-
dían alejarse de los que los perseguían, aban-
donaron las monturas ganando á pie el monté.
Cuando llegué á aquel punto noté con agrado,
que varios hombres pertenecientes á nuestras
fuerzas, llamaban en voz alia, caminando á ca-
ballo á orillas del monte, incitando á que
*
I
AZARES 43
n
salieran los que se habían refugiado en él,
ofreciéndoles que serían respetadas sus vidas,
y demás seguridades hacia sus personas. Supe
más tarde que habían salido del montp algu-
nos; recuerdo que entre éstos se encontraba
un joven Lamadrid, de San Fructuoso.
XIII
Salvañach había recibido una herida de bala
en el costadp derecho del pecho, habiendo sa-
lido el proyectil por el lado opuesto, bandeán-
dole el brazo izquierdo.
Lo encontré acostado eú una cama.
Con el deseo de ver si podía proporcionarle
algún alivio, le examiné las heridas del pecho,
las que me parecieron debían ser mortales.
No sabiendo de qué medio valerme para ha-
cerle una primera cura, careciendo de todo
medicamáhto, se me ocurrió pedir una sábana
y un balde de agua.
Saqué un pedazo de aquella y empapándolo
en el agua, procedí á lavarle las heridas, las
cuales no sangraban con rilucha abundancia.
Hecho el lavaje aplique á las heridas unas
compresas hechas de la misma sábana y bien
44 ORLANDO RIBERO
mojadas en agua; vendándole por fin con tiras
del mismo género.
Notando al poco rato que la cura le había
proporcionado algún alivio, resolví continuar
humedeciendo las heridas, para mantenerlas
frescas.
El herido no manifestaba gran sufrimiento
y demostraba ánimo sereno, lo que nos hizo
vislumbrar la esperanza de que podría curarse.
Así pasó la noche relativamente bien.
Esto no obstante, tratamos de buscar el me-
dio de conducirlo conjuntamente con otros he-
ridos que teníamos (entre ellos, Pedro Barrera
con un balazo en la pierna derecha) al Brasil,
para que fuesen debidamente atendidos; por-
que no podíamos dejarlos allí abandonados sin
ninguna clase de recursos y á merced de los
que pudieran llegar cuando nosotros nos reti-
rásemos.
Esa noche Puentes consiguió, no se dónde,
un carretón, especie de carruaje que en aque-
lla época usaban los brasileros en las estancias
para conducir sus familias á los pueblos. A la
mañana siguiente se entapizó con colchones,
se transportaron á él los heridos* y nos pu-
simos en marcha hacia Rivera; teniendo la
precaución de poner en el vehículo algunas
botellas con agua, para ir mojando continua-
mente las heridles de los enfermos, en vista
del alivio que esta curación les proporcionaba.
Habríamos andado una legua costeando el
AZARBS 45
arroyo Cuñapirú, cuando trajeron un parte á
Puentes, anunciándole que una de las partidas
exploradoras habían descubierto unos hom-
bres que estaban metidos en una laguna del
mismo arroyo, dentro de unos cámalotes.
Nos dirigimos al punto indicado, más que
por curiosidad con el propósito de protegerlos
en el caso de que algún desalmado de nuestra
gente quisiera cometer contra ellos actos de
salvajismo, pues el que trajo el parte decía que
no querííin salir del agua y pedía permiso para
hacerlas fuego con las armas que llevaban.
Al acercarnos á la laguna, vimos efectiva-
mente las cabezas, sin sombrero, de tres indi-
viduos entre los camalotes. Los infelices, para
ocultarse mejor, estaban con el agua al pes-
^ cuezo y sólo por casualidad pudieron ser des-
cubiertos para bien de ellos mismos.
Puentes y yo empezamos á pedirles que sa-
lieran, que no tuviesen temor pues que serían
respetados; que si el intento fuera hacerles
daüo, el peor castigo que pudieran recibir se-
ría TÍgilarlos para que no saliesen del lugar
donde estaban.
Ya sea por las exhortaciones ó no pudiendo
aguantar más en la crítica situación que se
encontraban, resolvieron salir de aquel baño
forzado.
Recuerdo siempre con placer aquel acto,
por la actitud digna, noble y desinteresada
observada por varios paisanos de nuestras
46 , ORLANDO RIBBRO
fuerzas, cuando salieron aquellos desgraciados
de la laguna,e8Curriendo agua de sus cuerpos.
Uno se quitaba la camisa, otro e} calzoncillo,
otro la bombacha; en fin, con piezas aisladas
de vestimenta de muchos, pudieron vestirse
en condiciones pasables, aquellos tres indivi-
duos, los que no cesaban un momento de ex-
presar su agradecimiento por la manera de
como eran tratados por quienes los habían to-
mado prisioneros.
De los tres, uno era oficial; quien«en otra
ocasión, según sus referencias, había s^^o he-
cho prisionero por fuerzas revolucionarias^
las que le habían dado libertad; lo que repetía
sin duda con la esperanza de que la gente que
lo había tomado por segunda *vez, obrase de
i¿ual manera, como efectivamente así sucedió.
Después de tres días de marchas pausadas
á causa de los heridos, llegamos á Rivera.
Personalmente, momentos después acom-
pañé el carro hasta la misma línea divisoria
con el Brasil, el que tomó por el camino que
baja por la falda del cerrito que se encuentra
sobre ésta, internándose en el pueblo de Santa
Ana do Livramento. (i)
(1; Salvañach y los demás heridos, todoa,felizmente
curaron en el Brasil. La bala que recibió el primero
había deacripto una línea curva siguiendo interiormente
el óvalo del pecho sin ofender ningún órgano princi-
pal, á lo que debió su swvación. ,
AZARES 47
XIV
I
Vuelto al campamento y así que comuniqué
á Puentes que mi «omisión había sido cum-
plida, éste, ccfti aquel semblante risueño que
lé era característico, me interrogó :
— ¿Ahora que hacemos de los prisioneros?
r— Largarlos, para que se vayan donde se
lei antoje. •
— Era lo que había pensado hacer, porque
nosotras no podemos cuidar prisioneros. Estos
individuos en nuestras- filas constituyen, un
peligro. La noche que se les ocurra se esca-
pan, llevando la noticia á los contrarios del
lugar donde nos encontramos y los elementos
con que contamos. Mi pregunta era para co-
nocer su pensamiento respecto á ellos.
En la tarde de ese mismo día, se les noti-
ficó a los prisioneros, qi^e estaban eji libertad.
Que los que quisieran voluntariamente seguir
en nuestras filas podían hacerlo.
No tomaron ninguna determinación en aquel
momento; desconfiarían de aguel acto caballe-
¡^
p
48 ORLANDO RIBERO
resco que era desconocido en las filas que mi-
litaban.
Momentos después, con un grupo de los
nuestros, fueren acompañados hasta la línea
divisoria con el Brasil. Allí les manifestó
Puentes que podía irse el que quisiera; en-
tonces, más seguros, optaron varios por su li-
bertad; sin faltar las despedidas y los ofreci-
mientos incondicionales que son tan comunes
entre nuestros paisanos.
Algunos se quedaron, continuando entre
nuestras filas el resto de aquella campaña re-
volucionaria, que duró más de un año á contar
desde aquella fecha.
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